El suelo es mucho más que simple tierra. Nos referimos a él como la superficie terrestre o la base para realizar otras actividades, pero es mucho más, es donde todo comienza.
Tiene un papel esencial en el equilibrio planetario. De él dependen las plantas y animales, incluidos nosotros, la agricultura y hasta el clima por su relevante función como sumidero de carbono.
La fina capa que nos sustenta
El suelo es la capa más fina y superficial del planeta Tierra, resultado de la interacción, durante miles de años, de las cuatro esferas terrestres (hidrosfera, litosfera, atmósfera y biosfera). Está compuesto por materiales sólidos en un 50%, la otra mitad la forma el espacio poroso, donde el aire, el agua y los nutrientes circulan y pueden quedar retenidos.
Se considera un recurso no renovable a escala humana debido a su tiempo de formación, espesor limitado y fragilidad. Según la FAO, pueden ser necesarios hasta 1.000 años para producir solo 2-3 cm de suelo. Por otro lado, su riqueza biológica es enorme: aunque resulta en parte invisible, el suelo almacena una cuarta parte de la biodiversidad planetaria. En una profundidad de solo unas decenas de centímetros, encontramos un ecosistema muy complejo y diverso que permite el desarrollo de otros ecosistemas mayores.
Gracias a esta biodiversidad, en el suelo se recicla la materia orgánica y se reinician los ciclos biogeoquímicos. A través de este proceso, los suelos bien gestionados almacenan carbono y evitan la emisión de gases de efecto invernadero, contribuyendo así a la mitigación y adaptación al cambio climático.
Y es que del suelo dependen nuestra supervivencia y bienestar. Más del 95% de los alimentos que consumimos, y gran parte de los medicamentos que utilizamos, proceden de él. Además, un suelo sano garantiza el suministro de agua potable, dado que es el primer filtro que atraviesa el agua y facilita su llegada a capas profundas y la recarga de acuíferos a través de sus poros.
Suelos amenazados
Su formación se da a una velocidad inversamente proporcional a la que se produce su degradación. Según la UNESCO, el 75% del suelo del planeta está ya degradado, afectando a 3.200 millones de personas, y de mantenerse la tendencia actual, el porcentaje llegará al 90% para 2050. Esta degradación, primer paso de la desertificación, comienza en muchos casos con la eliminación de su cubierta vegetal natural a través de la deforestación, los incendios o el sobrepastoreo. Una vez desnudo, es más vulnerable a la erosión por el viento y la precipitación, sobre todo en caso de lluvias torrenciales, haciendo más peligrosos estos episodios.
Otras actividades, como la agricultura, la industria o el transporte, además de potenciar la erosión, liberan contaminantes que pueden acumularse en el terreno, y pasar después a las aguas subterráneas o a los cultivos. La contaminación por plásticos y microplásticos del suelo, si bien es menos conocida que la oceánica, es otro de los grandes retos ambientales actuales.
Proteger lo que nos protege
Apostar por unos suelos vivos es una clara inversión de futuro, máxime teniendo en cuenta la tendencia demográfica y climática, según la cual la producción agrícola debería aumentar un 60% para satisfacer la demanda mundial de alimentos en 2050 y se hace necesario contar con sumideros de carbono que colaboren en la neutralidad climática.
Las medidas legislativas para protegerlos y restaurarlos, siguiendo el modelo de la Estrategia Europea del Suelo para 2030, promueven un uso sostenible, evitando el uso adicional de nuevas tierras o mejorando su fertilidad a través de prácticas asociadas a la economía circular, por ejemplo. Para realizar su control y seguimiento se cuenta con tecnologías apoyadas en satélites o drones.
A su vez, soluciones basadas en la naturaleza empleadas a gran escala, como la Gran Muralla Verde o locales, como la fitorremediación (captura o degradación de contaminantes a través de cultivos) y el compostaje municipal o doméstico, contribuyen a recuperar los suelos.
Cabe destacar la investigación científica y agrícola que está permitiendo innovar en su aprovechamiento y cuidado. Frente a una agricultura intensiva que puede disminuir la existencia de suelos fértiles, claves para seguir produciendo, se hace necesaria una agricultura regenerativa con prácticas respetuosas, como la rotación y asociación de cultivos, las bandas florales, las enmiendas orgánicas o las cubiertas verdes, que no solo buscan mantener el suelo agrícola, sino mejorarlo. En conjunto, estas medidas pueden suponer un aumento medio del rendimiento de los cultivos del 58%, según la FAO.
Solo una gestión adecuada del suelo permitirá mantenerlo sano y productivo, limitando su degradación y favoreciendo su restauración en beneficio de todos los que habitamos sobre esta fina capa que nos sustenta.