Avanzamos en la dirección correcta a la velocidad equivocada.
Una vez al año, los relojes ambientales de la práctica totalidad de los países del mundo se detienen para sincronizarse en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP): una cumbre internacional destinada a definir, concretar y evaluar la ejecución de esfuerzos para proteger el clima.
Bienes compartidos, limitados y vulnerables
Lo que es de todos corre el riesgo de no ser protegido por nadie. Por eso, los bienes comunes globales (global commons en inglés) como la atmósfera, la alta mar, el clima o la biodiversidad -cuyo deterioro afecta a toda la humanidad, pero sus dimensiones no conocen las fronteras- requieren la existencia de foros internacionales de diálogo que aborden su cuidado a escala planetaria.
Las reglas de juego para dialogar, tomar decisiones y aplicarlas son diferentes a las que rigen en los sistemas jurídicos nacionales. La interacción entre los países exige, además de manejar máximas como la “cooperación” o la “prevención”, conjugar principios como el de “soberanía” de cada estado sobre sus recursos naturales, con otros como el de “responsabilidad” de velar por que la actividad que se desarrolla en sus fronteras no cause daños al medio ambiente.
El consenso por el que se deben tomar las decisiones entre los países en el ámbito del medio ambiente, aunque complica las negociaciones, garantiza que el resultado cuente con el respaldo de todos y, por tanto, tenga más posibilidades de ser cumplido. Para poder avanzar en cuestiones climáticas necesitamos mucho diálogo (que es para lo que sirven las COPs) y madurar el consenso.
Cumbres del clima
En este tapete internacional los países encuentran espacios comunes sobre los que construyen su diálogo y cooperación, que se traducen en los acuerdos multilaterales o convenios internacionales y los protocolos o acuerdos que se alcanzan bajo el paraguas de los primeros. Tal es el caso del Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático -resultante de la famosa Cumbre de la Tierra de Rio (1992)– y su desarrollo a través de los más conocidos Protocolo de Kyoto (1997) y Acuerdo de París (2015) con compromisos específicos para las partes (que son los estados que han ratificado los documentos comprometiéndose a cumplirlos).
COP30: pensar el clima desde la selva
En noviembre de 2025 se celebró en Belém (Brasil) la 30ª Conferencia de las Partes (COP30). La primera celebrada en la selva amazónica, una designación cargada de simbolismo, ya que este ecosistema es esencial para el equilibrio climático global y, al mismo tiempo, altamente vulnerable.
Las conferencias están reservadas a representantes de los gobiernos -que actualizan en ellas sus compromisos climáticos- pero participan también actores de la sociedad civil, científicos y organizaciones no gubernamentales, entre otros, cuya voz es esencial. Aunque puedan no tener voto de cara a los compromisos que adquieren los países, sí pueden hacerse oír en los distintos foros que se desarrollan durante los días de la COP. Como la voz de Gilberto Gil, músico y ex ministro de Cultura de Brasil que ha acudido de la mano de Conservación Internacional con la campaña “Conservar es nuestro arte”, invitando a conservar la naturaleza en un tono positivo y esperanzador y de la que es buena muestra su tema musical Refloresta.
Aunque con diversos matices, la COP 30 tuvo unos resultados tibios en el avance hacia una hoja de ruta consensuada por todos los países. Las decisiones alcanzadas, en su conjunto, resultan insuficientes para impulsar la acción que habría sido deseable a los diez años del Acuerdo de París.
Como contrapunto, se acordó movilizar 1,3 billones de dólares anuales para 2035 para la acción climática, con los países desarrollados a la cabeza, y triplicar la financiación para la adaptación para ese mismo año. Por primera vez, la decisión final reconoce la necesidad de abordar la desinformación climática, comprometiéndose a promover la integridad de la información y contrarrestar las narrativas que socavan las acciones basadas en la ciencia.
Aunque la efectividad de estos debates internacionales es cuestionada, encontramos casos esperanzadores como el éxito logrado para proteger la capa de ozono en la atmósfera, un bien común global que permite que la Tierra sea un planeta habitable. La emisión de determinadas sustancias (como los gases clorofluorocarbonados o CFC empleados en aires acondicionados y aerosoles) causó, a finales del siglo pasado, el denominado agujero de la capa de ozono. El Protocolo de Montreal (1987), logró que todos los países prohibieran el 99% de la producción y consumo de las sustancias que agotan la capa de ozono. Hoy en día, el agujero se encuentra en claro retroceso gracias a la reacción internacional en el primer acuerdo de la historia de Naciones Unidas que logró la ratificación universal: 197 países son parte de este protocolo.
El aviso de los científicos que advirtieron el problema derivó en decisiones políticas con soluciones acordes a la ciencia que los estados implantaron de forma urgente a nivel mundial.
“No podemos evitar esta catástrofe solos. Pero juntos, podemos. Estableciendo objetivos más ambiciosos, avanzando con plazos más cortos y asumiendo compromisos más profundos” (Katharine Hayhoe, Cumbre del Clima 2025).