La primavera traslada ahora humedad y frescor, pero en verano llegará la temporada de incendios, como todos los años. La ciencia y la experiencia indican que las políticas contra incendios deben lograr trasladar esfuerzos de la extinción hacia una mayor prevención y restauración durante todo el año. Afortunadamente se extienden las estrategias con este enfoque, muchas apoyadas en soluciones basadas en la naturaleza.
Aunque el número de incendios disminuye ligeramente cada año en España, éstos son cada vez más destructivos. Ya se han identificado incendios de sexta generación o megaincendios y han comenzado a aparecer en áreas antes resistentes, como las zonas boreales, o de alto valor biológico, como la selva amazónica.
Cuando se produce un incendio, sus consecuencias no se limitan a la flora y a la fauna perdidas, ni acaban con la extinción. Por un lado, las emisiones de gases de efecto invernadero que genera (CO2 y metano, principalmente), y los cambios en el terreno afectado, incrementarán el cambio climático a corto, medio y largo plazo. Además, la gran cantidad de contaminantes atmosféricos producidos pueden contaminar a su vez otras zonas.
Por otro lado, el agua en su concepción más amplia – los recursos hídricos y su dinámica – es una víctima silenciosa de los incendios, especialmente de los de alta intensidad. La lluvia tras un incendio, al no contar con el freno de la vegetación y encontrar en el suelo capas generadas por el fuego que repelen el agua, genera escorrentías intensas que potencian la erosión y alteran la morfología de los cauces, aumentando a la vez el riesgo de inundaciones.
Estas aguas de escorrentía mueven con ellas cenizas, sedimentos, metales pesados y nutrientes que alcanzan masas de agua, superficiales y subterráneas. Los efectos pueden verse de manera inmediata con las primeras precipitaciones o meses después tras tormentas intensas, y pueden perdurar años. Así, puede alterarse la calidad del agua de ecosistemas acuáticos y de instalaciones del ciclo integral, como las plantas potabilizadoras, cuestión que debe tenerse en cuenta para mitigar el impacto, ajustando tratamientos, protegiendo embalses y medidas que buscan frenar la escorrentía, como el helimulching (cobertura del suelo quemado con paja lanzada desde helicóptero), así como los enfoques restaurativos que potencian la regeneración natural junto a la protección del suelo.
Detrás del aumento del poder devastador de los incendios se encuentran, además de los picos térmicos y las sequías acentuados por la crisis climática, factores estructurales derivados de una sociedad que cambia de hábitos.
El abandono del campo ha generado grandes masas forestales cargadas de material combustible y la pérdida de los paisajes en mosaico formados por parcelas con usos diversificados que actuaban como cortafuegos y facilitaban el acceso para la extinción. La superficie dedicada a ciertos monocultivos forestales como el eucalipto sigue creciendo por su aprovechamiento en terrenos particulares. Esto incrementa el riesgo de incendios porque se trata de una especie que facilita la propagación de las llamas.
Pese a esta realidad, existen numerosas prácticas e iniciativas donde encontramos soluciones preventivas para evitar los incendios y la desolación que los acompaña. Así, por ejemplo, el Proyecto Mosaico surgido a partir de un megaincendio ocurrido en la Sierra de Gata, en 2015 previene incendios a través de la recuperación de estos paisajes diversos en mosaico, a la vez que genera empleo y fija población rural. Otro ejemplo especialmente destacable también, es el pastoreo preventivo como técnica asociada al cuidado de los pastizales que emplea la ganadería extensiva para eliminar biomasa inflamable.
A su vez, iniciativas de planificación y gestión específicas para espacios naturales que tengan en cuenta las nuevas condiciones climáticas, como la gestión forestal adaptativa; e impliquen a la población que se está asentando de forma diseminada en ellos -al estilo de la propuesta de la Red Española de Ciudades por el Clima-, deberían contribuir a controlar el riesgo de incendios inherente a esos espacios.
En cualquier caso, no debemos olvidar que el fuego es un elemento natural más, generador de paisajes y protagonista de los bosques mediterráneos. Esto, unido a los veranos cada vez más largos e intensos, hace imprescindible aprender a convivir con el fuego. Adoptar una gestion integrada de incendios permitirá generar sinergias que actúen a distinto nivel. Mejorar la formación y capacitación de la población que convive con el monte, junto a los sistemas de detección, alerta y extinción, ayudarán a disminuir los efectos; mientras que las acciones destinadas a generar paisajes resilientes disminuirán el riesgo y favorecerán su recuperación tras el paso de las llamas.