Historia del saneamiento de Madrid - page 14

liquidez para afrontar los gastos, trataron sin éxito arrendar las penas que se
imponían a los vecinos por ensuciar las calles; incluso se lo ofrecieron a los
fieles de la Villa, encargados de las denuncias de los malos hábitos y del cobro
de sus condenaciones, pero persuadidos de la proposición por razones obvias,
respondieron al ofrecimiento esgrimiendo que no era de su competencia.
Tanta improvisación tuvo una inesperada respuesta; el 29 de abril siguiente el
comendador Amoroso presentó una orden de los reyes, ratificada por el Consejo
de Castilla, mandando a los regidores que sin dilación acometiesen la limpieza
de las calles
8
. Y es que Madrid no era una urbe cualquiera, ya entonces era una
de las ciudades realengas más importantes de la Corona de Castilla, visitada
a menudo por los personajes regios, y como era previsible, se pretendía,
en la medida de lo posible, que la Villa tuviera el decoro y la higiene que le
correspondía a su alcurnia. Otra cosa es que se consiguiera.
El celo municipal se tornó entonces más agresivo y al comprobar que meses
después las calles continuaban sucias y los vecinos no cumplían lo mandado en
las ordenanzas, el 29 de septiembre de 1500, se elevó desproporcionadamente
la cuantía de las multas a 100 maravedís. Claro que de dicha cantidad tan
elevada se pretendía emplear la mitad para el pago de los salarios de los fieles
y la otra mitad para los honorarios de “
las justicias”
o alguaciles. Como novedad
a los infractores se les condenaba a
“que estén diez días en la cárçel el que
lo echare o mandare echar o que sea tomado echándolo, quien se sepa por
pesquisa por cada vez”
9
.
El aseo de las calles se había convertido en una de las prioridades para el
Concejo y ensuciarlas prácticamente en un delito, llegándose a animar a los
vecinos a denunciar a los desaseados bajo juramento. Tanto es así que, en
adelante, el asiento de la limpieza comenzó a ser arrendado anualmente
a particulares y cada cierto tiempo, de forma constante y reiterada, como si
tuvieran una finalidad aleccionadora, se mandaron pregonar las disposiciones
de limpieza de la urbe. No cabe duda que estas ordenanzas de limpieza tomaron
desde entonces una relevancia destacada en el conjunto de la normativa
municipal y, como cabe suponer, eran de las más conocidas y familiares de los
vecinos de la Villa.
Entre las ordenanzas municipales que explícitamente regulaban la limpieza
se encontraban las que mandó pregonar el Concejo el 2 de marzo de 1496,
que resumiendo las tres disposiciones tocantes a esta materia, prohibían echar
basuras, estiércol, perros muertos y otras porquerías en las calles bajo multa
de 12 maravedís y obligaban a limpiarlas a costa del infractor; a los artesanos
y ciertas actividades gremiales también se les recordaba la prohibición de
ensuciar o entorpecer las calles con el desempeño de sus labores, bajo pena
de una sustancial multa; e igualmente se prohibía a los vecinos los vertidos en
la calle de
“agua que hieda”
o de cebada desde ventanas, puertas o albañales,
bajo pena de 12 maravedís
10
. Cuatro años después unas nuevas ordenanzas
insistieron en los mismos mandamientos bajo la pena más abultada de 100
maravedís, se volvió a prohibir que los cerdos deambularan por las calles y se
obligó a los carniceros a limpiar los mataderos una vez al mes y las carnicerías
semanalmente. De paso, se aprovechó para reglamentar las funciones del
8- Ibídem. pp, 120, 134 y 141.
9- Libros de Acuerdos del Concejo Madrileño. Tomo IV. 1498-1501. Raycar S.A. Impresores. Ma-
drid, 1982. pp. 240, 241 y 269.
10- Tomadas de Cambronero Martínez, C. Revista contemporánea (Madrid). “Policía Urbana del
siglo XV”, 10/1891, nº 84, pp. 518-527.
1...,4,5,6,7,8,9,10,11,12,13 15,16,17,18,19,20,21,22,23,24,...304
Powered by FlippingBook